Las drogas como arma del poder adulto
es un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente fechado el 1 de octubre de 2001.
Índice:
0. PRESENTACION.
0.- PRESENTACIÓN:
El texto que sigue tiene como objetivo analizar un problema que apenas está tocado desde una perspectiva revolucionaria general, y casi nada desde una perspectiva independentista y socialista. Ello hace que nos enfrentemos a varias dificultades muy considerables, como son, una, que el saber institucional no está por la función de descubrir y menos criticar la realidad amarga de la juventud, sino todo lo contrario excepto en muy contados casos de estudios reformistas y democraticistas; otra, que existen intereses muy precisos en ocultar las implicaciones totales del problema, intereses que no sólo son los de la doble moral burguesa y hasta eclesiástica, sino sobre todo los provenientes de los Estados opresores, que usan las drogas como instrumentos de alienación y destrucción; además, dentro de las izquierdas tradicionales, pese a su verborrea, existe una total incapacidad para entrar radicalmente al problema, incapacidad que viene de su incompetencia estratégica para aceptar que la opresión nacional del pueblo trabajador vasco, con todo lo que implica, determina cualitativamente cualquier problema que se analice, mientras que esas izquierdas siguen pensando con moldes teóricos superados y fracasados, y, por último, dentro mismo de la izquierda abertzale existe miedo a entrar al problema por todas sus implicaciones.
Por éstas y otras razones secundarias, advertimos que el corto texto que sigue es sólo una aproximación a un estudio que debería ser mucho más serio y riguroso. De todos modos, antes de seguir queremos dejar claro que, en Euskal Herria como en cualquier otro pueblo oprimido que ha llegado a niveles considerables de enfrentamiento con los opresores, realidad objetiva y subjetiva que condiciona todos y cada uno de los problemas existentes por mucho que en apariencia externa parezcan estar aislados e incomunicados entre sí, debemos empezar a ver todo lo relacionado con las drogas como un complejo en el que, como mínimo, intervienen tres sistemas de poder que en estrecha relación forman un efectivo instrumento de destrucción: el Estado con sus policías incluidas las regionalistas, la economía legal e ilegal con su función decisiva en el trasiego y blanqueo de drogas y, entre ambas, el hampa, las mafias, las redes de tráfico y reparto, el trapicheo, los bares y discotecas, la prostitución... y los confidentes, txibatos y provocadores. Esta realidad no puede soslayarse y es expresión de otra realidad más amplia y envolvente, objetiva, cual es la de Euskal Herria como nación insurgente a la que se le ataca con todos los instrumentos posibles.
1.- POTENCIALIDAD JUVENIL Y MIEDO ADULTO:
La característica básica de la juventud es que su potencialidad vital está reprimida y reconducida por el poder adulto hacia objetivos y prácticas cotidianas irreconciliables con esa potencialidad. Es decir, la juventud dispone de una capacidad de experimentación de nuevas posibilidades que asusta al poder adulto, que introduce desazón e inquietud en el poder adulto. La razón es muy simple: el poder adulto, sobre el cual ya hemos hablado en otros textos, sabe que la continuidad del orden establecido, en nuestro caso del capitalismo y la dominación franco-española, depende, además de otras cuestiones, también y en buena medida de que la juventud se convierta en una sumisa fuerza de trabajo y en unos dóciles y pasivos ciudadanos franco-españoles. La parte del poder adulto que sea regionalista y autonomista, e incluso independentista, es decir, aquellos padres que no siendo total o parcialmente españoles ni franceses tampoco están dispuestos a permitir que sus hij@s sean consecuentes independentistas y socialistas, militantes de la izquierda abertzale, esta parte también está interesada en que sus hij@s no desarrollen toda su carga crítica y creativa, rompedora de viejos moldes y dogmas y exploradoras de nuevos horizontes. Por este factor general, el poder adulto como esa parte decisiva del poder dominante dedicada a impedir que surja una juventud revolucionaria, este poder, repito, tiene un interés básico en controlar y reprimir la potencialidad juvenil.
El grado e intensidad de ese control e incluso los modos más o menos violentos y duros de llevarlo a cabo, dependen de circunstancias que no podemos analizar ahora pero que son secundarias con respecto al problema que tratamos. Pero ahora nos interesa remarcar que el poder adulto está siempre inquieto ante el potencial explorador de la juventud. Toda la estructura de dominación adulta sobre y contra la juventud está pensada para detectar lo antes posible los síntomas de malestar juvenil e infantil, desde los primeros días. En las sociedades más "desarrolladas", los padres y las escuelas tienen a su disposición profesionales del orden médico, consejeros y asistentes sociales, pediatras, psicólogos y hasta psiquiatras en casos extremos, conservadores y reaccionarios, y hasta "progresistas", con la función manifiesta de ayudar a los padres en la detección, neutralización y/o destrucción de "anomalías" infantiles y juveniles. Y cuando los padres, por lo que fuera, no cumplen con su sagrada función son entonces reemplazados sin contemplaciones. Los Estados disponen de leyes e instituciones que llegan hasta los ayuntamientos, para intervenir en esos casos, pero también para elaborar planes estratégicos de incidencia sobre las generaciones infantiles y juveniles, elaborados para resolver cuestiones como la distribución de las plazas de estudio según los requerimientos económicos e industriales, los problemas del paro, los problemas urbanísticos, y, como no, los problemas de "defensa nacional", es decir, de preparación de futura carne de cañón que mate y muera en defensa del poder establecido.
Son muchos los mecanismos de que dispone una sociedad para lograr que su juventud se comporte con "seriedad", "responsabilidad", "disciplina", "orden", etc., y la inmensa mayoría de ellos entrar en acción desde el mismo nacimiento del/a niñ@, e incluso antes de haber nacido. También hay otros mecanismos que se van activando conforme crece la persona y sufre todo el proceso amaestrador --educación-- y hasta son reactivados posteriormente según las necesidades del orden. Pero, como veremos, el poder adulto dispone todavía de una serie de recursos muy efectivos destinados a romper desde dentro, desintegrar y destruir, algunos comportamientos tendenciales que, de avanzar y fortalecerse en sus vertientes críticas, pueden terminar convirtiéndose en práctica revolucionaria, y las drogas, el complejo-drogas mejor dicho, es uno de ellos, y en determinados contextos el más efectivo.
2.- MIEDO ADULTO Y FRUSTRACIÓN JUVENIL:
El grueso, por no decir la totalidad, de las encuestas y estudios sociológicos sobre la juventud parten de determinados supuestos funcionales al orden adulto establecido, es decir, parten de un nivel previo aceptado de tensión generacional, de choque entre los jóvenes y los adultos. A eso le llaman "normalidad", y todo aumento de esa tensión es calificado como un aumento de los problemas de orden interno y privado, de las familias aisladas, o externo y público, de la sociedad e instituciones. El saber oficial conoce perfectamente que siempre existe un nivel de frustración, hastío, cansancio, etc., de la juventud y lo mide según aumente o descienda la tasa de suspensos y fracasos escolares, de uso de alcohol y otras drogas, de accidentes de tráfico en determinados días, de consumo cultural, de formas de ocio y entretenimiento "normal", de aumento de la venta de condones y de estudio de las prácticas sexuales y de los abortos, de aumento de hurtos y robos, peleas, etc., es decir, delincuencia "normal". La sociología burguesa sabe esta realidad y todas sus preocupaciones giran alrededor de descubrir no tanto cómo reducir esa "tasa media" sino sobre todo de cómo evitar que aumente más allá de un umbral de tolerancia e integración.
Aunque hemos empleado la palabra frustración, y aunque deberíamos ser mucho más estrictos en el empleo de términos complejos, podemos decir que, en sentido general, el malestar, la frustración, el descontento, etc., son partes de un proceso que surge al chocar el potencial expansivo de la juventud con la quietud del orden adulto. Una sociedad competitiva e individualista como la burguesa, que desde la primera infancia adoctrina a sus miembros en la insolidaridad más atroz para lograr el triunfo en el sentido capitalista del término, a la fuerza crea unas expectativas imposibles de satisfacer para la práctica totalidad de la juventud obrera y casi toda la juventud pequeño-burguesa. La enorme presión psicológica que padece la infancia y la adolescencia se refuerza en la juventud final para obtener el ansiado título o puesto fijo de trabajo, con todo lo que eso conlleva posteriormente, desde el noviazgo oficial hasta el préstamo hipotecario para comprar la casa, terminando con la boda oficial, etc. Innegablemente, la frustración tiene aquí uno de sus puntos de origen, pero el problema es más profundo o dicho más radicalmente, la verdadera frustración y el malestar insoportable que afecta a franjas juveniles considerables no surge tanto de esa imposibilidad, que también, sino fundamentalmente del choque extremo entre la potencialidad expansiva de la juventud en cuanto fase caracterizada por una enorme vitalidad y la quietud existencial inherente al sistema adulto.
En esta contradicción de fondo radica el caldo de cultivo de otros conflictos posteriores, que muchas veces se presentan encubiertos o falseados por formas externas y secundarias que no podemos analizar aquí. Incluso el choque entre las exigencias competitivas burguesas y la imposibilidad de cumplirlas para la juventud obrera, se libra por encima del otro choque de fondo porque, a pesar de todos los sistemas de control y contención, la vitalidad juvenil tiende a explayarse de múltiples formas, desde las gamberradas y delincuencia, hasta la militancia, pasando por modas integradas y salidas individuales. Se generan así pues situaciones complejas y contradictorias incomprensibles si sólo tenemos en cuenta la frustración causada por la imposibilidad de cumplir el mandato burgués, pero comprensibles globalmente si tenemos en cuenta que por debajo y dentro de esos conflictos bullen problemas mucho más serios y graves para el orden establecido. La burguesía lo sabe perfectamente y por eso integra diversos instrumentos para prevenir crisis conflictivas más o menos explosivas que aparecen inopinadamente en las sociedades capitalistas desarrolladas.
Más aún, cuando esos niveles conflictivos --el más profundo y decisivo como es el del choque entre la vitalidad juvenil y la quietud adulta, y el menos profundo y menos decisivo como es el de la imposibilidad de cumplir el mandato burgués-- se malviven en contextos vivenciales y familiares caracterizados por la opresión nacional, en estos casos, la frustración juvenil puede adquirir más rápida y fácilmente altos grados de conciencia liberadora porque esa juventud aplastada en todos los órdenes de su existencia termina comprendiendo, o al menos intuyendo con bastante solidez, que las causas estructurales y totales de sus frustraciones y malestares. Sería interesante aunque imposible hacerlo ahora, analizar los movimientos radicales juveniles de pueblos y etnias oprimidas --eslavos, negros, árabes y norteafricanos, asiáticos, islámicos, hindúes, etc.- en los grandes barrios desestructurados de las grandes urbes capitalistas, en donde esa juventud no sólo malvive al no poder cumplir la exigencia burguesa de "triunfo en la vida", también malvive en la contradicción entre su vitalidad juvenil objetiva y biológica, y los controles familiares y sociales; y, además, por si fuera poco, intuye y hasta llega a comprender que es su realidad etno-nacional, lingüístico-cultural y hasta religiosa, la que totaliza esa miseria cotidiana. En las naciones oprimidas como Euskal Herria, estas contradicciones adquieren su pleno sentido unitario en la realidad histórica que padecemos y por ello mismo, la contradicción más superficial --la de no realización del mandato burgués de "triunfo en la vida"-- tiende a perder importancia dando paso a las otras dos verdaderamente decisivas, cuyas relaciones analizaremos en su momento.
3.- FRUSTRACIÓN, DESORIENTACIÓN Y DROGAS:
Desde que a finales del siglo XIX en la sociedad burguesa occidental se fue creando lo que entendemos por "psicología", también con anterioridad incluso, se amontonan los datos más o menos incuestionables de que durante la adolescencia se generan tensiones entre el sujeto y su entorno, tensiones que en su inmensa mayoría no son apenas comprendidas por el sujeto, y que el poder adulto interpreta de múltiples formas, desde la llamada "edad del pavo" hasta "pecados de juventud". La famosa película "Rebelde sin causa" es un ejemplo contundente al respecto, aunque realizado desde la progresía intelectual norteamericana de clase media en años de expansión imperialista. En realidad, lo que se esconde detrás de todo ello es la certidumbre del poder adulto de que la juventud pasa por una crisis casi permanente, o si se quiere, que ser joven es estar en crisis. Le llaman "crisis de identidad", "crisis de formación", "buscarse a sí mismo", etc., y expresan de múltiples formas tensiones más profundas como, por ejemplo, la llamada y realmente existente "crisis de la familia", sistema central del poder adulto y cuya descomposición es una de las causas más fuertes de la frustración juvenil. Periódicamente la institución familiar entra en crisis porque el capitalismo, que es la fuerza que impone en última instancia la totalidad de aparatos sociales, va exigiendo cambios y nuevos comportamientos ante los cuales la vieja familia no puede ofrecer nada o muy poco. Cuando esa sociedad está además cuestionada por problemas tan decisivos como la opresión nacional, que lo contextualiza todo, entonces la crisis familiar tiende a ser bastante más aguda porque la inmensa mayoría de los padres se niegan activa o pasivamente a que sus hij@s se impliquen en la militancia independentista por los efectos de la represión.
En una situación histórica así, como la que vivimos ahora en Euskal Herria y como la que en otros períodos históricos han vivido otros pueblos, franjas más o menos considerables de la juventud no se resignan a malvivir en la frustración y dan el paso a la búsqueda de soluciones. Antes de seguir este proceso, hemos de repetir que la frustración juvenil refleja una crisis global con muy diferentes niveles e intensidades en su interior, que no podemos analizar aquí, y que muy frecuentemente impulsa a la juventud a comportamientos difícilmente comprensibles desde tópicos interpretativos superficiales. Pues bien, esa crisis impulsa a la búsqueda de salidas en bastantes casos y en otros a caídas en la pasividad conformista, indiferente, nihilista y hasta conscientemente colaboracionista con el poder adulto. Tanto las organizaciones juveniles reaccionarias, que las hay, como en es@s miles de jóvenes que flotan como corchos a la deriva en la tempestad social, estas realidades tienen empero en sus raíces una insoportable indecisión vital, un malestar inconsciente, que lleva a los primeros, a los reaccionarios, a la desesperada búsqueda de la cuadratura del círculo, a la creencia de que la solución a sus problemas está dentro del mismo orden adulto que es, precisamente, el causante de su miseria existencial; y lleva a los segundos, a es@s miles de jóvenes que no se meten en organizaciones reaccionarias, a la búsqueda ciega de soluciones individuales, o ni siquiera a eso, sino simplemente a la repetición mortecina, triste y derrotista de la vida amorfa de sus padres, pasivos y obedientes siervos del poder.
Dentro del maremagnun de frustraciones, tensiones, conflictos, ansias e insatisfacciones de todo tipo no racionalizados en la inmensa mayoría de los casos, miles de jóvenes tienden a buscar paliativos y compensaciones transitorias, que ni siquiera soluciones. Esta diferencia es importante porque una cosa es buscar instintivamente algo que suavice el dolor psíquico, que silencie las preguntas no respondidas, que ahogue la angustia existencial y que satisfaga inmediata y momentáneamente la insatisfacción vital, y otra muy diferente es la de buscar soluciones duraderas y definitivas, respuestas válidas y alternativas prácticas a los problemas. La totalidad de "soluciones" que ofrece --impone-- el poder adulto se mueven en este nivel falso y tramposo, que a la larga multiplican los problemas y la infelicidad juvenil. Pues bien, es aquí en donde empiezan a aparecer públicamente y de forma manifiesta los primeros comportamientos "incorrectos", "problemáticos", "desviados", etc., de la juventud, muchos de ellos ya adelantados por síntomas anteriores y que se han agravado por la incapacidad del orden adulto de resolverlos. Ocurre que cada vez se produce antes ese salto del síntoma de malestar a sus manifestaciones prácticas debido a la aceleración de las contradicciones entre, por un lado, el pudrimiento de la existencia juvenil, y, por otro, la incapacidad del poder adulto. En el primer polo de la contradicción, el pudrimiento de la existencia juvenil, intervienen desde el consumismo generalizado hasta la precarización de la vida, pasando por las modas sexuales y eróticas, etc., y en el segundo, la incapacidad adulta, interviene la ciega necesidad de los padres y de la sociedad en su conjunto para endurecer las disciplinas y forzar a l@s hij@s a un comportamiento más conformista y burgués, aunque ese conformismo esté disfrazado por modas y pautas de comportamiento en apariencia hipermodernas, postmodernas, etc.
Precisamente, es en estos momentos en los que mucho más cerca está la desorientación definitiva tras haber intentado una orientación en el caos de la existencia. Ocurre con excesiva frecuencia que la juventud busca, pregunta, interroga a algunos adultos sobre lo que le está sucediendo, y busca también en la prensa respuestas a sus inquietudes, pero en la inmensa mayoría de los casos no encuentra respuesta alguna, y en otros casos incluso es recriminada por preguntar. Debemos reconocer el esfuerzo que hacen much@s adolescentes cuando tras padecer un amaestramiento --educación-- caracterizado por la imposición de la obediencia y la supresión de todo espíritu crítico, pese a ello, preguntan a sus padres sobre cuestiones que les producen una vergüenza insoportable. Todos los estudios realizados muestran que son poquísim@s l@s jóvenes que encuentran respuestas satisfactorias a sus preguntas. ¿Entonces? La solución es, por lo común, la cuadrilla, el hablar con las amigos y los amigos, el imaginar las respuestas y, en mucha menor medida, buscar en los libros. La cuadrilla, la amiga o amigo personal, terminan siendo los que ofrecen la respuesta, pero en estos casos tan frecuentes no importa tanto la calidad de la respuesta como la respuesta misma. Pero en el peor y más frecuente de los casos, es la TV la que responde a las dudas, pero también la que crea otra serie de inquietudes y la que, después, responde ella misma a esas inquietudes artificialmente creadas.
Una de las razones por la que los padres apenas responden a las muy contadas preguntas de l@s hij@s es su nula preparación, su ignorancia, pero también su bloqueo mental y psicológico porque ellos mismos no han sido educados ni formados en la libre contrastación de ideas, y menos aún en unos requisitos básicos de educación para sus hij@s. La inmensa mayoría de los padres son unos ignorantes analfabetos en las cuestiones básicas de la psicología infantil y adolescente, de las relaciones afectivas, de las dependencias psicológicas, de la evolución y formación de la estructura psíquica, etc., etc. L@s hij@s no comprenden ni saben de la ignorancia supina de sus padres, pero terminan intuyendo que no son tan perfectos como los consideraban en su primera infancia, que tienen sus defectos e incluso que son unos pobres infelices, amargados e incomunicados entre ellos mismos. Una de las muchas cosas buenas que tiene la juventud, y contra la que arremete sin piedad el poder adulto, es que aprende con y del ejemplo antes que de la palabrería hueca y cínica. Y el ejemplo de los padres, por lo general, es triste cuando no deprimente. Uno de los peores momentos en la formación de la juventud es cuando se hunde el mito de la imagen paterna y aparece la realidad, o parte de ella, cuando desaparece la ficción y se impone la realidad. Tengamos en cuenta que esa toma de conciencia se produce en un proceso en el que también los cambios biológicos son tumultuosos y acelerados. Es la entera estructura psicosomática la que está deshaciéndose y rehaciéndose en todo momento, permanentemente.
En situaciones así, la cuadrilla, el barrio, el entorno, se convierten en la escuela de la vida en el sentido decisivo de la palabra porque lo que se aprende en el sistema de amaestramiento --educación-- no sirve apenas para nada serio, excepto cuando es@ joven ya se ha marchitado y convertido en un/a adult@ con carnet joven. Y es en esos momentos y en esos contextos en donde aparece, junto a la desorientación y como salida del laberinto, las drogas y las formas de vida unida a ellas. Dado que los referentes decisivos y más valorados son los del propio entorno, los comentarios de la cuadrilla, y dado que ni la familia ni la escuela, y mucho menos la Iglesia y los periódicos, tienen para el/a joven credibilidad alguna, entonces cualquier sugerencia, oferta o provocación de nuevos mundos, de nuevas experiencias, de amistades más reales y cálidas, de relaciones más personales y cercanas --aunque en la realidad última no sea así-- cualquier tentación de esas aparece como la respuesta milagrosa a todos los problemas. La situación llega a tal grado de distanciamiento entre la vida individual juvenil que en esos momentos empieza a explorar mal que bien el mundo, y la monótona vida familiar y educativa, esta distancia es tal, que muchas veces l@s hij@s aprenden a guardar silencio, a no decir ni preguntar nada, a no pedir consejo alguno. Surge así un espacio de incomunicación que va creciendo y que refuerza la amarga frustración juvenil, y que por ello mismo presiona para que se busque una solución fuera de la familia, del colegio y hasta de la propia cuadrilla si ésta no evoluciona ni se adapta a los cambios del/a joven.
El uso de drogas, las que fueran y según una escala ascendente que no podemos explicar aquí en detalle, es en estos momentos de desorientación una de las brújulas más efectivas y seguras porque ofrecen la inmediata superación de todos los problemas, su olvido, su superación momentánea. Dan la felicidad, el calor, el sosiego y la tranquilidad. De pronto, en un instante, es@ joven se convierte en adult@, en mayor, es dueñ@ de su vida y de sus actos porque está haciendo lo mismo que las personas mayores, o más incluso. No solamente está fumando, bebiendo, tomando pastillas, etc., sino que también está en un entorno diferente, de diversión y de relaciones no vigiladas por nadie. Puede hacer y hace lo que le da la gana. En realidad, aquí no hay anomia alguna, no existe en este comportamiento una falta y ausencia de valores y normas, sino que es@ joven sí tiene unos criterios de comportamiento que aunque no sean los suyos en el sentido de plena consciencia de sus actos en el sentido de proyecto de vida --¿qué tanto por ciento de la población llega a tener un proyecto de vida que no sea el del capitalismo?-- sí son los valores que es@ joven ha interiorizado al haberlos aprendido de las subideologías parciales que el sistema burgués lanza en todo momento desde sus aparatos de alienación de masas; sí son valores y normas que nacen de las entrañas del capitalismo más salvaje, el que se mueve en los recovecos de la economía ilegal, de la economía del espectáculo, de la moda, de la sexualidad machista, de la violencia deportiva, del ocio juvenil como mercado para franjas burguesas especialmente desalmadas. Lo que ocurre es que es@ joven no entra a discutir ni debatir sus valores con sus padres, con sus profesores, con las instituciones, sino que guarda silencio frente al poder adulto, tenido y vivido como un enemigo o cuando menos como algo exterior y carente de legitimidad. La inmensa mayoría de adultos desconocen ese submundo juvenil, y la progresía izquierdista, mucha de ella formada en la doctrinariez stalinista, tampoco puede conocer ese submundo porque para ella la juventud debe ser como los konsomoles que aplaudían uniformadamente las depuraciones masivas del partido.
Peor aún, much@s de es@s jóvenes experimentan una agradable sensación al transgredir el orden adulto, al incumplir sus leyes aunque estén hundiendo sus vidas en un océano sin fondo de desastres futuros. Lo importante, para ell@s, es lo que sienten en esos mismos instantes, el placer y la sensación no sólo de ser dueños de sí mismos --sentimiento subjetivo falso e irreal-- sino también de combatir de algún modo al orden adulto. Es cierto que fue en los años setenta cuando más creíble era esta ficción irreal --que el uso de las drogas era una forma de lucha progresista-- pero aún en la actualidad podemos encontrarnos con jóvenes que siguen creyéndolo y autojustificándose de esa manera. Ahora, la transgresión del orden es mayormente a título de revancha y venganza individual, acción de protesta desconectada de toda posible militancia revolucionaria, aunque también existen militantes que pierden el autocontrol consciente en el uso medido y equilibrado de algunas drogas. Atrapad@s un@s y otr@s en esta red de araña de la falsa emancipación, sólo queda la opción de salirse mediante la praxis revolucionaria o aceptar el orden adulto. En este segundo caso, puede incluso llegarse a un cierto control en el uso de las drogas pero a costa de haber renunciado a la verdadera emancipación. Miles de jóvenes superan mal que bien y con costos tremendos sus "pecados de juventud" integrándose en el orden adulto, pero para entonces han perdido además de su frescura vital también su independencia crítica y, por tanto, cualquier atisbo de felicidad humana. La mansedumbre, el orden y la rutina se han apoderado de sus vidas, son "ovejas felices" protegidas por en "buen pastor" que, en su infinita misericordia, les permitirá de vez en cuando algunos excesos pasajeros. Otr@s no seguirán ese camino a la nada deshumanizada, sino que agotarán su vida en los infiernos cotidianos de la drogodependencia más desoladora o del crimen más abyecto. Así, al final, las drogas habrán demostrado de nuevo su demoledora efectividad para el capitalismo.
Sin embargo, semejante efectividad destructora, aún siendo terrible, es únicamente la primera parte del problema y además su parte más visible. Realmente, lo decisivo, lo que busca el Estado es destruir a la juventud que ha empezado a tener inquietudes revolucionarias, que ha dado el salto de la desorientación a la praxis. Aquí, en estos momentos, la mística de la droga consiste en creer que se pueden compaginar sus usos y consumos poco o escasamente controlados con la militancia, lo que a la corta es imposible y a la larga es suicida y contrarrevolucionario. Toda la experiencia acumulada durante siglos de lucha demuestra que las drogas, cualesquiera que sean, terminan por deteriorar la capacidad de concentración y de pensamiento crítico, terminan por debilitar la capacidad de praxis teórica y, a la postre, terminan por dañar el cuerpo, la unidad psicosomática de la persona. La vida militante exige de una seriedad, una coherencia, un rigor, una puntualidad, unas facultades intelectivas apreciables, una capacidad de análisis y síntesis que debiera ser superior a la media, una personalidad democrática y afectivamente equilibrada y abierta, etc. Tales características terminan chocando frontalmente con las drogas y con todo lo que suponen. El choque empieza poco a poco y se produce, por lo general, en cuestiones secundarias, sin mayor transcendencia, pero tienden a agravarse y crecer. Toda la experiencia lo confirma.
Llegamos así a un debate decisivo, el del sentido de la vida, el del valor de la salud integral, el del derecho y necesidad a decidir qué hacemos con nuestra vida y por tanto con nuestro cuerpo, etc. En este debate, de cualquier manera las drogas salen derrotadas porque, al final, inevitablemente, aparece el problema de la salud integral, de la capacidad personal para aportar creativamente al resto de las personas. Varias veces en la historia de las drogas se ha sostenido la afirmación de que potencian determinadas facultades, de que permiten estados psíquicos inalcanzables sin su ayuda, de que permiten una mayor memoria y concentración en el estudio y creatividad artística. Pero ninguna de estas afirmaciones ha resistido la comprobación científica. Al contrario, la creatividad humana, cualidad decisiva para la existencia, es única y exclusivamente resultado del trabajo sistemático, pura y simplemente resultado del trabajo humano.
Más temprano que tarde, todas las drogas terminan por reducir las facultades humanas, y en el decisivo asunto de la praxis revolucionaria, dependiendo de cada personalidad, su abuso es manifiestamente un claro comportamiento contrarrevolucionario. Hay que tener en cuenta que las drogas van envueltas, como veremos a continuación, en una aureola que impide a primera vista, también a segunda y tercera, etc., descubrir que hay dentro, qué consecuencias acarrea y qué relación tienen esos efectos con dicha aureola envolvente. No se puede separar el consumo de drogas de la mitificación previa, incluso de la criminalización que tienen algunas de ellas y que les hace así más atractivas a determinadas franjas sociales especialmente cabreadas por la opresión que sufren, opresión de la que desconocen sus orígenes sociales e históricos. Es por esto por lo que todas las emancipaciones revolucionarias han asumido como tarea propia la emancipación de las drogas, para superar el mito de su efectividad liberadora, para demostrar que ninguna droga libera.